Son las nueve y diez minutos de este domingo cualquiera,
y daría lo que fuera porque llamara
ese amigo al que echo tanto de menos.
Perdí la cuenta de cuantas siestas de verano,
pasamos juntos en ese pequeño sofá negro
tan incómodo si no lo compartimos.
Pasan los días y ya nada vale.
Me siento como una completa guiri hablando en idioma extraño.
No puede ser verdá que no extrañes nada,
me niego a creerlo.
Ha sido la persona que más he querido,
y por la que más he llorado.
¿Por qué seguimos hasta el último extremo?
A veces me siento tan perdida sin poder hablarte,
que volvería a esa noche conjunta de insomnio
jugando con palabras encadenadas,
y promesas de desayuno.
Te echo mucho de menos,
y lo peor es que aun,
ni si quiera te has ido.
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